Un gusanito insignificante
| Por Juan Rafael Pacheco
Cuenta la vieja historia que un buen
día, un pequeño gusanito caminaba apresuradamente en dirección al sol.
Al borde del camino, una vieja cigarra le preguntó: ¿A dónde se dirige?
Sin interrumpir el paso, la oruga le contesta:
“Anoche tuve un sueño. Soñé que desde
la más alta punta de la gran montaña miraba todo el valle. Me gustó lo
que vi en mi sueño y he decidido hacerlo realidad”.
Sorprendida, la cigarra le dijo mientras
su amigo se alejaba: “¡Estás loco! ¿Cómo pretendes llegar? ¡Tú, una
simple oruga! Para ti, una piedra será una montaña, un pequeño charco
un mar, y cualquier tronco una barrera infranqueable”. Pero el gusanito
ya iba lejos y no escuchó la severa advertencia. Sus pies no dejaban de
moverse.
Luego se oyó la voz de un escarabajo:
“¿Hacia dónde vas con tanto empeño?”. El gusanito, todo sudado y
jadeante contesta: “Tuve un sueño y quiero realizarlo. Subiré a esa
montaña y desde ahí contemplaré todo nuestro mundo”.
El escarabajo se explotó de risa: “Ni
yo, con estas patas grandotas que tengo, intentaría una aventura tan
ambiciosa”. Mientras se revolcaba en el suelo muerto de risa, la oruga
continuó su camino, avanzando rápidamente unos cuantos centímetros.
Igualmente, la araña, el topo, la rana y la flor aconsejaron a nuestro
héroe que desistiera. “¡No lo lograrás jamás!”, le decían, pero en su
interior había un impulso que lo obligaba a continuar.
Agotado, a punto de morir, decidió
pararse a descansar y preparar, con sus últimas fuerzas, un lugar para
pasar la noche. “Mañana estaré mejor”, fue lo último que dijo, y murió.
Todos los animales del valle fueron durante días a mirar sus restos.
Ahí estaba el gusanito insignificante, el animalito más loco del pueblo. Lo que se había construido era un verdadero monumento a la insensatez, digno de uno que murió por querer realizar un sueño imposible.
Ahí estaba el gusanito insignificante, el animalito más loco del pueblo. Lo que se había construido era un verdadero monumento a la insensatez, digno de uno que murió por querer realizar un sueño imposible.
Una mañana en la que el sol brillaba
radiante, todos los animales se congregaron en torno a aquello que se
había convertido en una auténtica advertencia para los atrevidos. De
pronto, sin embargo, quedaron atónitos.
Aquella concha dura comenzó a quebrarse
y, asombrados, vieron unos ojos y una antena que no podían ser los de la
oruga que creían muerta. Poco a poco, como para darles tiempo a
reponerse del impacto, fueron saliendo las hermosas alas arco iris de
aquel impresionante ser que tenían frente a ellos: una mariposa.
Todos cayeron en cuenta que se iría
volando hasta la gran montaña a realizar su sueño, el sueño por el que
había vivido, por el que había muerto… y por el que había vuelto a
vivir.
Todos se habían equivocado.
Y es que Dios nos ha creado para realizar un sueño.
Todos se habían equivocado.
Y es que Dios nos ha creado para realizar un sueño.
Vivamos por él, intentemos alcanzarlo,
pongamos la vida en ello y, si nos damos cuenta que no podemos, quizás
necesitemos hacer un alto en el camino y experimentar un cambio radical
en nuestras vidas.
Y entonces, con otro aspecto, con otras posibilidades y con la gracia de Dios, lo lograremos.
Buscando lo imposible, los hombres han encontrado y alcanzado lo posible, y aquellos que se limitaron a lo que visiblemente era posible, nunca dieron un paso.
“Echa lejos de ti esa desesperanza que
te produce el conocimiento de tu miseria. Es verdad: por tu prestigio
económico, eres un cero…, por tu prestigio social, otro cero…, y otro
por tus virtudes, y otro por tu talento… Pero, a la izquierda de esas
negaciones, está Cristo… ¡Y qué cifra inconmensurable resulta!”.
(Camino 473, San Josemaría Escrivá).Buscando lo imposible, los hombres han encontrado y alcanzado lo posible, y aquellos que se limitaron a lo que visiblemente era posible, nunca dieron un paso.
Bendiciones y paz.
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