lunes, 13 de julio de 2015

todos tenemos un sueño.

 Un gusanito insignificante

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| Por Juan Rafael Pacheco 
Cuenta la vieja historia que un buen día, un pe­queño gusanito caminaba apresuradamente en dirección al sol. Al borde del camino, una vieja cigarra le preguntó: ¿A dónde se dirige? Sin interrumpir el paso, la oruga le contesta:
“Anoche tuve un sue­ño. Soñé que desde la más alta punta de la gran montaña miraba todo el valle. Me gustó lo que vi en mi sueño y he decidido hacerlo realidad”.
Sorprendida, la cigarra le dijo mientras su amigo se alejaba: “¡Estás loco! ¿Có­mo pretendes llegar? ¡Tú, una simple oru­ga! Para ti, una piedra será una montaña, un pequeño charco un mar, y cualquier tronco una barrera infranqueable”. Pero el gusanito ya iba lejos y no escu­chó la severa advertencia. Sus pies no dejaban de moverse.
Luego se oyó la voz de un escarabajo: “¿Hacia dónde vas con tanto em­peño?”. El gusanito, todo sudado y jadeante contesta: “Tuve un sueño y quiero realizarlo. Subiré a esa montaña y desde ahí contemplaré todo nuestro mundo”.
El escarabajo se ex­plotó de risa: “Ni yo, con estas patas grandotas que tengo, intentaría una aventura tan ambiciosa”. Mientras se revolcaba en el suelo muerto de risa, la oruga continuó su camino, avanzando rápidamente unos cuantos centímetros. Igualmente, la araña, el topo, la rana y la flor aconsejaron a nuestro héroe que desistiera. “¡No lo lograrás jamás!”, le decían, pero en su interior había un impulso que lo obligaba a continuar.
Agotado, a punto de morir, decidió pararse a descansar y preparar, con sus últimas fuerzas, un lugar para pasar la noche. “Mañana estaré mejor”, fue lo último que dijo, y murió.
Todos los animales del valle fueron durante días a mirar sus restos.
Ahí estaba el gusanito insignificante, el animalito más loco del pueblo. Lo que se había construido era un verdadero mo­numento a la insensatez, digno de uno que murió por querer realizar un sueño imposible.
Una mañana en la que el sol brillaba radiante, todos los animales se congregaron en torno a aque­llo que se había convertido en una auténtica ad­ver­tencia para los atrevidos. De pronto, sin embargo, quedaron atónitos.
Aquella concha dura comenzó a quebrarse y, asombrados, vieron unos ojos y una antena que no podían ser los de la oruga que creían muerta. Poco a poco, como para darles tiempo a reponerse del impacto, fueron saliendo las hermosas alas arco iris de aquel impresionante ser que tenían frente a ellos: una mariposa.
Todos cayeron en cuenta que se iría volando hasta la gran montaña a realizar su sueño, el sueño por el que había vivido, por el que había muerto… y por el que había vuelto a vivir.
Todos se habían equi­vocado.
Y es que Dios nos ha creado para realizar un sueño.
Vivamos por él, intentemos alcanzarlo, pongamos la vida en ello y, si nos damos cuenta que no pode­mos, quizás necesitemos hacer un alto en el camino y experimentar un cambio radical en nuestras vidas.
Y entonces, con otro aspecto, con otras posibi­lidades y con la gracia de Dios, lo lograremos.
Buscando lo imposible, los hombres han en­contrado y alcanzado lo posible, y aquellos que se limitaron a lo que visiblemente era posible, nunca dieron un paso.
“Echa lejos de ti esa desesperanza que te produce el conocimiento de tu miseria. Es verdad: por tu prestigio económico, eres un cero…, por tu prestigio social, otro cero…, y otro por tus virtudes, y otro por tu talento… Pero, a la izquierda de esas negaciones, está Cristo… ¡Y qué cifra in­conmensurable resulta!”. (Camino 473, San Jose­maría Escrivá).
Bendiciones y paz.

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